Todos tenemos un techo que nos cobija del que no siempre estamos consientes, ese manto azuloso con estrellas que inspira a poetas y artistas, o, ese enorme lienzo azul claro que se pinta de colores en el ocaso y que en el día se reviste de nubes y los rayos del sol, ese techo que es más visto y disfrutado por niños queriendo encontrar forma a las bolitas de algodón que ahí se encuentran. Otros, por desgracia no todos, contamos con un techo que nos cubra del frío, del sol, de la lluvia, de las inclemencias del tiempo, uno hecho de madera, cartón, lámina, fibra de vidrio, ladrillos, cemento o hasta vidrio, según el poder adquisitivo y la extravagancia. Pero, ese techo no se compara al primero, sí, nos conforta, respalda y da esa sensación de cuidado pero, ¿qué sentido tiene llegar un día y sólo poder ver hacia arriba postrado en una cama?, ¿qué sentido no ver el techo que Dios nos regala cada día y que siempre cambia si no volteamos a verlo?, ¿de verdad esperaremos a ansiar mirar otra cosa, a mirar las nubes y estrellas mutando que sólo ese pedazo de concreto, si es que a eso llegamos?
Nunca volteamos arriba, o casi nunca, ni para ver el techo de nuestra habitación o de alguna parte de nuestra vivienda, a excepción claro de cuando hay una gotera, tampoco vemos techos ajenos más que de museos o iglesias, o, al menos yo sí, pero en serio, se sorprenderían de la magnificencia que hay arriba.
Día veintiséis, febrero 09 del 2020.
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