Eran las tres de la tarde, Imelda esperaba ansiosa la llegada de la noche para ver a su amado, comió un pollo a la plancha con verduras al vapor, al terminar tomó un té de limón, estaba contenta y en el transcurso de la tarde leía un poco mientras daban las seis para ver su novela favorita, cuando acababa se ponía a tejer una cobija de poquito en poquito, el tiempo corría a su ritmo, a veces le parecía eterno porque tenía una adicción a Enrique difícil de describir, Imelda era paciente, el tiempo con él parecía volar, Enrique también la amaba, también tenía una adicción a ella que los demás poco podían entender, salió del trabajo jubiloso, tomó las llaves del auto para ver a su esposa, se le había hecho tarde y estaba desesperado porque esos minutos menos para él eran vitales, quería estar con su ella.
Eran casi las diez, la cena ya estaba lista, servida estaba la mesa, pero Enrique no llegaba, siempre fue muy puntual llegando a las ocho en punto, Imelda se preguntaba si el reloj funcionaba, el tiempo corría despacio si no se tenían al lado, de pronto sonó el teléfono con una triste llamada, por ir conduciendo a alta velocidad, tuvo una fatal llegada, al hospital regional y de ahí a la morgue cercana, se detuvo su reloj y el corazón de su amada.
Día cuatro, enero 18 del 2020.
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