De niña tomaba un diente de león del campo o algún lote baldío, me gustaba ver volar las pequeñas partículas con el aire o con el que yo expulsaba con mis labios. Después oí la creencia de que hacerlo y lograr que se desprendieran todas las ramitas de un soplido te concedía algún deseo… caminé hacia el jardín más cercano en busca de uno, a estas alturas de la vida, creer me hace falta y que se me conceda algo sería un milagro. Lo encontré entre mucha otra hierba y flores amarillas de los dientes de león, yo quería la semilla, esa esfera de pelitos blanquecinos sostenidos de un tallo flacucho, lo arranqué con cuidado, cerré los ojos -porque cerrarlos da más fuerza a los deseos, según yo-, respiré profundo y sople con fuerza, se desprendieron todos y, estoy esperando que se me haga realidad.
Día diecisiete, enero 30 del 2020.
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